¿Por qué los argentinos amamos tanto a Lionel Messi?
Pasión ,respeto y agradecimiento de un pueblo.
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Hablar de Lionel Messi ya no es solamente hablar de fútbol. Es hablar de una forma de entender el éxito, del esfuerzo silencioso y de la humildad en tiempos donde muchas veces predominan el ego, la ostentación y la necesidad permanente de llamar la atención.
Los argentinos no queremos a Messi únicamente porque ganó un Mundial, dos Copas América o porque rompió todos los récords imaginables. Lo queremos porque nunca dejó de ser ese chico tímido de Rosario que soñaba con jugar a la pelota y que, pese a convertirse en una de las personas más famosas del planeta, jamás perdió la sencillez.
En una época en la que el éxito suele ir acompañado de soberbia, Messi eligió otro camino. Habla poco, escucha mucho y deja que sus actuaciones expliquen quién es. No necesita demostrar superioridad porque su talento habla por él.
Su liderazgo tampoco pasa por los gritos ni por los discursos grandilocuentes. Lidera desde el ejemplo, el sacrificio y el compromiso con el equipo. Siempre priorizó el "nosotros" por encima del "yo", una característica que explica gran parte de la identificación que genera entre los argentinos.
Messi también transmite serenidad. En un país acostumbrado a convivir con crisis, incertidumbres y frustraciones, verlo jugar representa, aunque sea por noventa minutos, una pausa. Sus goles, sus asistencias y sus victorias regalaron algunas de las mayores alegrías colectivas que vivió la Argentina en las últimas décadas.
Quizás por eso muchos sienten que Messi une a un país que tantas veces aparece dividido. Cuando juega la Selección desaparecen por un rato las diferencias políticas, sociales o económicas. Todos empujan para el mismo lado y él se convierte en el símbolo de esa ilusión compartida.
Hay otro aspecto que suele pasar inadvertido: su enorme calidad humana. Nunca alimentó polémicas innecesarias, rara vez respondió agravios y siempre mostró respeto por rivales, árbitros y compañeros. Incluso en la derrota mantuvo la misma conducta que en la victoria.
Su fe también forma parte de su identidad. En numerosas oportunidades expresó sus creencias religiosas con naturalidad, sin imponerlas ni utilizarlas como herramienta de exposición. Del mismo modo, evitó siempre cualquier tipo de comparación que lo coloque por encima de lo humano. No busca ser un dios del fútbol; le alcanza con ser Lionel Messi.
A pesar de vivir gran parte de su vida en el exterior y de haber construido un patrimonio extraordinario, nunca dejó de mirar hacia la Argentina. Cada vez que viste la camiseta celeste y blanca lo hace con una emoción que parece la de cualquier chico que sueña con representar a su país. Sus millones jamás parecieron modificar su esencia.
Messi demuestra que se puede ser el mejor del mundo sin perder la humildad. Que el éxito no obliga a olvidarse de los valores. Que la grandeza también se mide por la manera en que una persona trata a los demás.
Por eso los argentinos lo admiramos. No solamente por los títulos, los goles o los récords. Lo admiramos porque representa valores que trascienden el deporte: la perseverancia, el respeto, la sencillez, el trabajo en equipo y la capacidad de levantarse después de cada caída.
Probablemente sea el mejor deportista de la historia argentina. Pero, sobre todo, Lionel Messi ocupa un lugar especial porque nunca dejó que la gloria le hiciera perder aquello que lo convirtió en un ídolo: su condición de gran ser humano.

