Mar del Plata, en etapa de rearmado: tensiones, pactos a medias y un poder que busca reordenarse

La política al rojo vivo con pocas opciones para los vecinos.


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La política marplatense vuelve a vivir días de vértigo. La toma de licencia de Guillermo Montenegro y su reemplazo formal por Agustín Neme no significó un cambio de rumbo, pero sí destapó —con crudeza— un proceso de reacomodamiento que venía gestándose desde hacía meses. La adrenalina y la tensión que dominaron el Concejo Deliberante no fueron solo una postal del momento: fueron la evidencia de una reconfiguración profunda tras la ruptura de Juntos por el Cambio en el plano local, un escenario que parecía imposible hace apenas un año.

La tradicional alianza que había consolidado gobernabilidad, orden y resultados electorales terminó de implosionar cuando la ola nacional de La Libertad Avanza modificó por completo las coordenadas del poder. La victoria abrupta del espacio libertario catapultó a Alejandro Carrancio —hasta hace poco un dirigente periférico— al centro de la disputa política marplatense. De ser un actor menor pasó a convertirse en pieza clave de un nuevo esquema, con capacidad de bloqueo, negociación y presión.

Ese nuevo tablero se terminó de moldear alrededor de un pacto preelectoral que, según admiten en silencio en todos los sectores, se está cumpliendo a medias. El acuerdo incluía beneficios claros para las dos patas:

– El PRO retenía el primer lugar en la lista —con la candidatura de Fernando Muro— y la chance de proyectar a Montenegro a un espacio en el gabinete de Javier Milei.

– La Libertad Avanza obtenía la presidencia del Concejo Deliberante y el control de dos entes estratégicos: Turismo y Cultura, y Obras Sanitarias.

Sin embargo, la ejecución del pacto se trabó. La resistencia interna del PRO, el desconcierto libertario y la fragilidad inicial del armado nacional de Milei dejaron la mesa de negociación sin piernas firmes. Carrancio presionó. El oficialismo dudó. La tensión escaló.

Y entonces apareció un actor que, hasta ese momento, había jugado en silencio: la UCR local. Los radicales mostraron sus cartas, enviaron una señal inequívoca y terminaron de inclinar la balanza: su acompañamiento a la dupla Montenegro / Neme fue un mensaje directo tanto hacia adentro del oficialismo como hacia los libertarios. Sin ese respaldo, el equilibrio institucional corría riesgo real.

El resultado político profundo es claro: la ciudad tendrá, por ahora, continuidad más que cambio.

El mensaje oficial es simple: salvo ajustes obligados por el contexto, todo sigue igual.

El poder se expresa así: Neme en el sillón y Montenegro en el timón, acompañado por un núcleo político que mantiene la conducción estratégica.

La pregunta inevitable es qué significa esto para la gobernabilidad local.

Por un lado, puede interpretarse como una oportunidad para estabilizar un escenario caótico, evitando que la disputa nacional entre PRO y libertarios se derrame por completo en el plano municipal. Pero la contracara es evidente: este tipo de equilibrio precario suele durar poco. Los pactos a medias y los acuerdos tensos son combustibles altamente inflamables.

La oposición, por su parte, enfrentará el desafío de reposicionarse en un contexto que también la supera. ¿Optará por una estrategia de confrontación explícita, buscando capitalizar el desgaste del oficialismo? ¿O preferirá un rol más institucional, consciente de que la ciudad arrastra problemas estructurales que requieren acuerdos mínimos? Esa respuesta aún no está escrita.

Lo que sí está claro es que Mar del Plata entró en una fase de rearmado político, con protagonistas en movimiento y un sistema que, a fuerza de tensiones, busca una nueva forma de equilibrio. La estabilidad dependerá de la capacidad del oficialismo para ordenar su interna, de la habilidad de Carrancio para no sobreactuar su nuevo poder y de la madurez de una oposición que todavía no define su propio rol.

La ciudad necesita previsibilidad.

La política necesita definiciones.

Y el 2026 marcará qué pesa más: si los acuerdos sostenidos o las tensiones que, por ahora, siguen sin resolverse.

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