Montenegro volvió y tiene una sola obsesión: la inseguridad

Empezó a coordinar con nación y provincia para paliar el mal momento.


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Guillermo Montenegro volvió. Y volvió con un monotema. No hay, por estas horas, demasiadas vueltas ni espacio para grandes interpretaciones: la inseguridad es el asunto que ocupa el centro de su agenda, condiciona sus movimientos y parece ordenar cada una de sus conversaciones políticas.

Después de casi diez meses alejado del Ejecutivo municipal, el intendente retomó el sillón que había dejado para asumir su banca en el Senado bonaerense. Pero el escenario que encontró en Mar del Plata no es precisamente el que hubiera querido recibir. La inseguridad se convirtió en una preocupación cotidiana, con los robos de automotores y motos entre los problemas que más inquietan a los vecinos.

Y Montenegro parece haber tomado nota de una cuestión elemental de la política: se puede discutir el modelo de ciudad, las obras, el espacio público, la educación o la conformación del gabinete, pero cuando el vecino tiene miedo de dejar el auto en la calle o de que le roben la moto, todo lo demás queda en segundo plano.

El intendente volvió y quiere hablar de seguridad. Solamente de seguridad.

La expectativa: que los números empiecen a darle la razón

Según la información relevada, en los próximos días podrían conocerse indicadores que mostrarían una baja en los robos de automotores y motos en Mar del Plata y Batán.

Si esos datos se confirman y la tendencia se sostiene, el Gobierno municipal tendrá un argumento para intentar demostrar que algo comenzó a cambiar. No se trataría de una mejora inmediata ni de un resultado atribuible exclusivamente al regreso de Montenegro, sino de un proceso que, según las fuentes consultadas, estaría relacionado con modificaciones realizadas durante los últimos meses en las jefaturas de las fuerzas de seguridad bonaerenses y con una mejor articulación con la Secretaría de Seguridad municipal.

Ahí aparece una de las claves de esta nueva etapa: la coordinación.

Montenegro necesita que las distintas fuerzas trabajen de manera más aceitada, que los cambios en las conducciones policiales se traduzcan en resultados y que la información que maneja el Municipio tenga una respuesta concreta en el territorio. Porque una cosa es anunciar operativos, reuniones y nuevos esquemas de trabajo, y otra muy distinta es conseguir que bajen los delitos.

El desafío es que los números acompañen. Y, sobre todo, que esa eventual mejora llegue a la calle y sea percibida por los vecinos.

Porque la inseguridad no se mide solamente en estadísticas. También se mide en el miedo a salir de noche, en los comercios que bajan las persianas antes de tiempo y en la sensación de que nadie puede garantizar que volver a casa sea una rutina y no una preocupación.

De Santilli a Monteoliva: seguridad, seguridad y más seguridad

La agenda política de Montenegro también deja en evidencia dónde pretende poner el acento.

La semana pasada mantuvo un encuentro con el jefe de Gabinete nacional, Diego Santilli. Este miércoles, en tanto, tiene previsto reunirse con la ministra de Seguridad de la Nación, Alejandra Monteoliva, para avanzar en la coordinación de acciones vinculadas con la prevención del delito.

Además, el intendente ya mantuvo una conversación telefónica de aproximadamente 15 minutos con el gobernador bonaerense, Axel Kicillof.

La secuencia no parece casual. Montenegro busca interlocutores en Nación y Provincia, aun cuando ambos gobiernos responden a espacios políticos enfrentados. En materia de seguridad, la necesidad de coordinar parece imponerse, al menos por ahora, sobre las diferencias partidarias.

Y eso abre otra lectura: el intendente sabe que el Municipio no tiene todas las herramientas para resolver por sí solo un problema que involucra a la Policía bonaerense, la Justicia y las fuerzas federales. Necesita que Nación aporte, que Provincia responda y que la estructura local funcione.

La pregunta es si esta ronda de reuniones terminará en medidas concretas, recursos y resultados verificables o si quedará en una sucesión de fotografías, declaraciones y promesas.

Montenegro necesita algo más que una agenda cargada. Necesita resultados.

¿Y el resto de la ciudad?

Hay una pregunta que, por ahora, parece quedar relegada: ¿qué pasa con el resto de la gestión?

¿Habrá cambios en el gabinete? ¿Llegarán nombres nuevos? ¿Se viene una renovación de funcionarios o todo seguirá funcionando con el mismo esquema? ¿Qué políticas piensa impulsar el intendente en educación? ¿Cuál será el plan para recuperar el espacio público, mejorar los barrios y atender los problemas cotidianos que no siempre entran en una conferencia de prensa?

Por el momento, esas cuestiones no parecen ocupar el primer lugar de sus prioridades públicas.

No se trata de que la seguridad sea un tema más. Es, sin dudas, una de las principales demandas de los marplatenses y una responsabilidad central de cualquier gobierno. El problema aparece cuando una urgencia amenaza con convertirse en la única conversación posible y desplaza el resto de las obligaciones de una administración municipal.

Una ciudad no se gobierna solamente con patrulleros, operativos y reuniones con ministros. También necesita planificación, servicios que funcionen, espacios públicos cuidados, políticas sociales y educativas, y un equipo político capaz de sostener una gestión integral.

Pero Montenegro regresó con otra urgencia. Primero quiere frenar los delitos. Después, habrá que ver cuánto espacio queda para lo demás.

Volver diez meses después y recuperar el terreno perdido

La inseguridad también tiene una dimensión política que el intendente conoce perfectamente. Durante su ausencia, la conducción cotidiana del Municipio quedó en manos de Agustín Neme. Ahora, con Montenegro nuevamente al frente, el oficialismo necesita mostrar que el regreso no es simplemente un cambio de nombres en el despacho, sino el comienzo de una etapa con objetivos definidos.

Y la seguridad es el terreno elegido para marcar esa diferencia.

Si los indicadores de robos de autos y motos efectivamente muestran una reducción, el Gobierno tendrá la oportunidad de exhibir avances y atribuirlos al trabajo coordinado entre las fuerzas y la Secretaría de Seguridad. Pero si los resultados no aparecen o la mejora no se sostiene, la insistencia en el tema puede volverse en contra del propio intendente.

Porque quien convierte una cuestión en su principal bandera también acepta que lo midan por ella.

Montenegro parece dispuesto a jugar esa carta. No quiere dispersarse, no quiere que la discusión se pierda en especulaciones sobre funcionarios ni que la agenda política tape el problema que considera prioritario. Su obsesión es bajar la inseguridad y recuperar niveles delictivos similares a los de un año atrás, un objetivo que deberá contrastarse con estadísticas comparables y resultados concretos.

La vara, de todos modos, no puede ser solamente volver al punto anterior. Los vecinos esperan vivir más tranquilos, no conformarse con que la situación deje de empeorar.

El monotema que puede definir su gestión

Montenegro volvió al poder municipal y eligió su batalla. No hay, por ahora, una gran narrativa de transformación urbana ni un paquete de anuncios que abarque todas las áreas del Gobierno. Hay una prioridad que se impone sobre las demás: la seguridad.

La apuesta tiene lógica política. Si consigue mostrar una baja sostenida de los delitos, podrá presentar su regreso como un punto de inflexión. Si no lo consigue, la inseguridad seguirá siendo el problema que explica su vuelta y, al mismo tiempo, el principal cuestionamiento a su gestión.

Las próximas semanas serán importantes para comprobar si los cambios en las jefaturas policiales, la articulación con el Municipio y los contactos con Nación y Provincia producen resultados concretos.

Mientras tanto, una cosa está clara: Montenegro volvió, pero no parece dispuesto a hablar de demasiadas cosas.

Por ahora, su gobierno tiene una prioridad, una obsesión y una prueba pendiente. Bajar la inseguridad. Porque si la ciudad sigue teniendo miedo, ninguna reunión con ministros ni ninguna foto política alcanzará para dar por ganada la batalla.

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