Pruebas PISA: preocupación por el retroceso educativo y el impacto en las aulas argentinas

Dos especialistas en educación visitaron los estudios de Vencedores y vencidos y reflexionaron sobre esto.


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Los resultados de las pruebas PISA volvieron a encender las alarmas sobre el estado de la educación en Argentina. El país registró una caída en lectura, matemática y ciencias, con desempeños que se ubican entre los peores de las últimas mediciones y que reabren el debate sobre la calidad del sistema educativo, las herramientas que reciben los estudiantes y los niveles de exigencia dentro de las aulas.

El deterioro de los resultados no solo plantea interrogantes sobre los conocimientos adquiridos por los alumnos, sino también sobre su capacidad para comprender, razonar, resolver problemas y aplicar lo aprendido a situaciones concretas.

En ese sentido, el ex secretario de Educación Luis Distéfano fue contundente al analizar los resultados y sostuvo que la caída está vinculada con las decisiones adoptadas durante los últimos años.

“Cayó la calidad educativa producto de las decisiones que se tomaron en los últimos años”, afirmó Distéfano.

Para el ex funcionario, los resultados constituyen una señal de alerta que no debería ser interpretada solamente como una estadística internacional, sino como un reflejo de las dificultades que atraviesa cotidianamente el sistema educativo argentino.

No alcanza con saber: también hay que saber aplicar

La especialista Fabiana García, magíster en Innovación Educativa y licenciada en Psicopedagogía, puso el foco en otro de los aspectos centrales que miden las pruebas PISA: no solamente los conocimientos adquiridos, sino la manera en que los estudiantes utilizan esos conocimientos.

“En las pruebas PISA se evalúa el conocimiento y el método que utiliza el estudiante. En las aulas falta desarrollar las habilidades cognitivas”, explicó.

La especialista señaló así una problemática que excede la incorporación de contenidos curriculares. El desafío está también en lograr que los alumnos puedan interpretar información, establecer relaciones, elaborar respuestas, resolver situaciones nuevas y desarrollar pensamiento crítico.

La falta de estas habilidades puede tener consecuencias que trascienden el resultado de una evaluación internacional y repercuten en la trayectoria educativa posterior de los jóvenes.

La autoridad y la pérdida de referencias

García también apuntó a un fenómeno que, según su mirada, atraviesa tanto a las instituciones educativas como a las familias: el cambio en el lugar que ocupa la autoridad.

“Otra de las cosas que vemos es que hoy no es lo mismo la presencia de la autoridad, tanto docente como en la familia”, sostuvo.

La afirmación pone sobre la mesa una discusión que excede estrictamente lo pedagógico. La escuela enfrenta actualmente el desafío de recuperar determinados niveles de orden, acompañamiento y responsabilidad frente al aprendizaje, en un contexto social en el que las referencias tradicionales de autoridad también se encuentran en transformación.

Menos exigencia y dificultades para aprender

Uno de los puntos más críticos planteados por García está relacionado con los niveles de exigencia académica.

“Enfrentamos una gran problemática en las aulas. Cada vez se baja más y más la exigencia. No hay herramientas académicas y entre otras cosas se eliminó la repitencia, que era importante”, cuestionó.

La discusión sobre la repitencia forma parte de un debate mucho más amplio acerca de cómo debe responder el sistema educativo frente a los alumnos que no alcanzan los aprendizajes esperados. Mientras algunas políticas educativas buscan evitar la interrupción de las trayectorias escolares, los especialistas que cuestionan estos mecanismos advierten que promover a un estudiante sin garantizar que haya adquirido los conocimientos fundamentales puede trasladar las dificultades hacia los años siguientes.

Los resultados de PISA vuelven a colocar esa discusión en el centro de la escena.

Un problema que va más allá de una prueba

Las pruebas PISA no funcionan como un examen tradicional que determine si un alumno aprobó o desaprobó un año escolar. Su objetivo es evaluar qué pueden hacer los estudiantes de alrededor de 15 años con los conocimientos que adquirieron y cómo los aplican frente a problemas y situaciones de la vida cotidiana.

Por eso, el retroceso argentino plantea una pregunta de fondo: qué está pasando dentro de las aulas para que los estudiantes tengan cada vez mayores dificultades para transformar los contenidos aprendidos en herramientas concretas para resolver problemas.

El diagnóstico de Distéfano y García coincide en señalar que el problema no puede reducirse a una cuestión de resultados estadísticos. Hay factores vinculados con las políticas educativas, la exigencia, las habilidades cognitivas, el rol de docentes y familias y las herramientas académicas disponibles.

La caída en lectura, matemática y ciencias vuelve a poner así a la educación argentina frente a un desafío urgente: recuperar aprendizajes, fortalecer las capacidades cognitivas y reconstruir una cultura educativa en la que enseñar y aprender vuelvan a ocupar el centro de la escena.

Más allá de las discusiones políticas, los resultados dejan una señal concreta: mejorar la calidad educativa requiere no solamente que los alumnos permanezcan dentro de las escuelas, sino que efectivamente aprendan, comprendan y puedan utilizar aquello que aprendieron.

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