Entre el relato del “éxito” y la preocupación por la baja exigencia académica

A pocos días del inicio de las clases se abre el debate del sistema educativo en la provincia de Buenos Aires.
Por: Martín Terriaca


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El gobernador Axel Kicillof, celebró recientemente los datos vinculados al inicio de las intensificaciones, destacando que un millón de alumnos bonaerenses forman parte del proceso dentro de un universo total de 1.700.000 estudiantes. La cifra fue presentada como un indicador positivo de inclusión y acompañamiento pedagógico.

Sin embargo, detrás del número impactante aparece un interrogante inevitable: ¿es realmente un éxito que más de la mitad del sistema educativo esté atravesando instancias de intensificación?

La directora general de Cultura y Educación bonaerense, Flavia Terigi, respaldó el enfoque oficial y defendió el esquema como una herramienta que evita que los estudiantes “se lleven materias previas”, destacando la importancia de no estigmatizar las trayectorias educativas.

Pero el debate de fondo no es semántico. No se trata de “estigmatizar”, sino de preguntarse si el sistema está logrando que los alumnos aprendan con la profundidad necesaria.

¿Inclusión o flexibilización excesiva?

El discurso oficial pone el acento en la inclusión y en garantizar la permanencia dentro del sistema. Nadie discute que la escuela debe contener y acompañar. El problema surge cuando la contención parece sustituir a la exigencia.

Hoy muchos docentes expresan en privado —y cada vez más en público— su preocupación por la falta de herramientas para sostener estándares académicos mínimos. La eliminación de las tradicionales “previas” y la flexibilización de los criterios de evaluación generan, en la práctica, una menor presión por el estudio sostenido y la responsabilidad individual.

La pregunta incómoda es si evitar la repitencia o la acumulación de materias pendientes equivale automáticamente a mejorar la calidad educativa.

El impacto en el nivel universitario

Las consecuencias se observan con claridad en el ingreso al nivel superior. Universidades e institutos terciarios vienen señalando desde hace años dificultades crecientes en comprensión lectora, redacción y razonamiento matemático básico.

No es un problema exclusivo de la provincia, pero en Buenos Aires el volumen del sistema educativo magnifica cualquier tendencia. Si los estudiantes llegan al último tramo de la secundaria sin haber desarrollado hábitos de estudio sólidos ni competencias fundamentales, el salto a la universidad se vuelve abrupto y, muchas veces, frustrante.

Paradójicamente, en nombre de facilitar trayectorias, se podría estar generando una desigualdad mayor: quienes pueden reforzar contenidos por fuera del sistema —con apoyo privado o familiar— avanzan; quienes dependen exclusivamente de la escuela pública enfrentan más obstáculos en la etapa siguiente.

El desafío pendiente

Nadie propone volver a un esquema punitivo o expulsivo. Pero tampoco parece saludable presentar como “éxito” un modelo que reduce la exigencia sin mostrar evidencias claras de mejora en los aprendizajes.

La educación no puede medirse solo por tasas de promoción o por la cantidad de alumnos que no se llevan materias. El verdadero indicador debería ser cuánto saben, cuánto comprenden y qué herramientas reales adquieren para el futuro.

Celebrar números sin analizar su significado profundo puede ser políticamente conveniente. Pero el sistema educativo necesita algo más que relatos optimistas: necesita resultados sólidos y docentes respaldados para exigir, evaluar y enseñar con calidad.

El debate no debería ser ideológico, sino pedagógico. Porque lo que está en juego no es una estadística, sino el nivel de formación de una generación entera.

 

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