Cuando la estadística sonríe: pobreza en mínimos y la doble vara de su medición
Un número que genera confianza y a su vez debate.
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OPINIÓN: POR TOMÁS RUSSO
El último informe del INDEC marcó un dato difícil de ignorar: la pobreza en Argentina cayó al 31,6 % en el primer semestre de 2025. Es el nivel más bajo desde fines de 2018 y representa una reducción de más de veinte puntos respecto al 52,9 % registrado apenas poco más de un año atrás, pero ¿se percibe lo mismo en la realidad?
Se trata, sin exagerar, de una de las caídas más fuertes y rápidas que se hayan visto en la historia reciente del país, y en un contexto global en el que casi ningún gobierno está logrando reducciones de pobreza de esta magnitud. Javier Milei puede mostrar este resultado como uno de los principales logros de su gestión: estabilizar parcialmente la macroeconomía, contener la inflación y reducir el número de pobres que hay en el país.
Sin embargo, la reacción y mirada social no acompaña siempre con la misma contundencia al dato estadístico.
Muchos dicen no ver en la calle esa mejora, y allí aparece el costado más debatible de la cuestión. La pobreza en Argentina se mide únicamente por ingresos: si el dinero que entra en un hogar supera el costo de la canasta básica total, ese hogar deja de ser pobre, aunque sea por un peso. El método es transparente, válido y se utiliza desde hace décadas, por lo que no hay que poner en duda la autenticidad del mismo. La baja del 53 % al 31 % es real porque surge de la misma metodología aplicada bajo distintos gobiernos. Pero al mismo tiempo, esta manera de medir deja afuera dimensiones que también son parte de la pobreza: el acceso a cloacas, a educación de calidad, a servicios de salud, a un entorno barrial digno. Por eso alguien que en los papeles ya no es pobre puede seguir viviendo en la marginalidad.
Allí está la doble vara: el número refleja un logro contundente de la gestión nacional, pero la experiencia cotidiana no siempre se ajusta a lo que dice la estadística. Si comparamos con otros países que usan índices multidimensionales, donde la pobreza se evalúa también por carencias en vivienda, servicios o educación, se entiende mejor por qué en la Argentina puede sentirse una brecha entre el dato oficial y lo que vemos en la calle. No es que el dato sea falso, ni mucho menos; es que mide solo una parte de la realidad.
El éxito del 31,6 % debe reconocerse como lo que es, un hecho extraordinario en el contexto regional e internacional, pero también debe servir para abrir el debate sobre cómo queremos medir y enfrentar la pobreza en un país con desigualdades estructurales tan marcadas.

